Hace relativamente pocos días, trasteando en el facebook (o la maquina de chismes como me gusta llamarla) me encontré con este curioso cartel, en él se resume en muy pocas palabras una gran verdad y un sentimiento que resulta ser bastante común entre las personas que desarrollamos y/o cultivamos algún tipo de cualidad artística.

Enseguida que vi este cartel me sentí totalmente identificado, fue como si alguién leyera esas palabras de mi cabeza, las ordenara y dispusiera de tal forma que te deja esa sensación de deja vu inevitable.

Por supuesto decidí compartirlo inmediatamente, y al poco me di cuenta que muchas más personas y organizaciones en el facebook y toda Internet hacían lo mismo, por lo que supe que no estaba solo en esta batalla.

Desde muy temprana edad ya tenía muy claro que lo que yo quería ser: artista, yo quería pintar y esculpir… a mis padres, familiares y amigos les impresionaba mi precoz habilidad para dibujar, pintar y moldear, aunque no les hacía ni pizca de gracia que me importara un pimiento el resto de las cosas :-P . He de reconocer que para ellos debía ser totalmente imposible entender la forma en como yo percibía (y percibo aún) el mundo que me rodeaba, para mi, este era como un remolino de imágenes, una tormenta de formas y colores que me abrumaban y me excitaban por completo… todo lo que veía, escuchaba, pensaba o incluso soñaba tenía que plasmarlo en un papel en forma de dibujo, era mi forma de darle vida y sentido a lo que me rodeaba.

Cuando llegué a esa tierna edad en la que los familiares, amigos y maestros te empiezan a preguntar: “¿qué quieres ser cuando mayor?”, siempre les respondía sin siquiera pensarlo: “¡yo seré pintor!”. Ese era mi deseo, y mi madre fue testigo mudo de como mis libros de texto se transformaban en improvisados lienzos para mis creaciones, donde “…¡no dejaba un espacio donde no hubiese un dibujo!…” a día de hoy me recuerda ella entre risas cuando nos reunimos. Sí, esa fue siempre mi respuesta invariable, asunto que con la edad se torno en un tema peliagudo dentro del núcleo familiar, algo que cada vez traía más y más sufrimiento… al principio ya escuchaba menos felicitaciones y alabanzas como: “…que bien que pinta mi niño” y más regañizas como: “…a ver cuando te hacer un hombre y dejas de pintar machangos que eso no te dará de comer…” y cuando al fin tenía que elegir carrera universitaria y les expresé mi deseo de estudiar bellas artes, el tema fue a peor: “…¡ni hablar!, ¡tu tienes que ser médico!…” rezaba la sabiduría paternal en un serio, desesperado y último intento de rescatarme de la locura en la que, según mi padre, estaba a punto de cometer. Pues nada, mi padre fue mucho más convincente que yo… además de más grande, más fuerte y con mucha más mala ostia que yo, así que decidí dejar a un lado el tema para evitar más sufrimiento a mi madre y a mi mismo, entonces resolví estudiar otra carrera mucho más comercial (y no, ¡no estudié medicina!), me decidí por la ingeniería de sistemas, estudios que se me dieron bastante bien, al fin y al cabo, había aprendido por mi cuenta a programar ordenadores.

Por cierto, y viendo en retrospectiva todo el tejemaneje y la falta escrúpulos hacia los artistas, he de dar en parte algo de razón a mi viejo, y lo resumo citando un comentario que vi por algun foro que ahora mismo no puedo recordar: una madre va y le pregunta a un actor de cierto renombre: “¿que tiene que hacer mi hijo para ser artista?”, a lo que este actor le responder: “señora, ¿cuánto tiempo puede aguantar su hijo sin comer?”. ¡Buf!, más claro imposible.

Pero nunca dejé de soñar, seguí pintando para más tarde dejarme cautivar por la disciplina de la fotografía, o sea empecé a usar como pinceles la propia luz. Lo que me lleva nuevamente a nuestro cartel protagonista. Nunca desistí y cuando podía pintaba y fotografiaba, el paso siguiente fue intentar vender mis creaciones, un paso bastante natural si tomamos en cuenta que cada vez que terminaba un cuadro, mis familiares y amigos se peleaban por quedárselo, de hecho me hacían encargos y todos querían tener una obra mía adornando el salón de su casa, ¿se lo pueden imaginar?… como si de un DaVinci se tratara :-D . Viendo aquel panorama, me dije: “pintar me hace sentir genial, pero… debería cobrar algo simbólico por mis cuadros, son creaciones únicas y además de esfuerzo, consumen material que no es especialmente barato, así también reduciré la presión de la peña que quiere hacerse con alguno de ellos”. En otras palabras, iba a aplicar el primer axioma del comercio: “si subes los precios, bajará la demanda”. Además, mi segunda intención era la conseguir mayor satisfacción personal por el simple hecho de recibir una compensación económica por algo que, aunque me gustaba realizar, me daba bastante trabajo. La reacción no se hizo esperar, aunque no exactamente como había previsto… por lo visto mis pinturas ya no eran tan buenas, me llamaron “rácano”, “judío”, “avaricioso” y demás etiquetas despectivas (algunas no puedo ni citarlas), incluso algunos familiares a los que me negué ya en rotundo de regalarles mi trabajo, me instaban violentamente y muy ofendidos a que me metiera estas por un lugar cuyo nombre no quiero acordarme.

Todavía recuerdo la cara de la última persona que me pidió que le pintara algo y se lo regalara, cuando sobre la marcha cogí un lienzo y le hice una sóla y simple raya que lo atravesaba de una esquina a la otra y se lo entregué con una amplia sonrisa. Me miró atónita y me dijo incrédula de lo que veía: “pero… ¿estas de coña?, esto no es un nada”, a lo que yo respondí: “igual que el pago que me ofreciste”. Creo que fue uno de las últimas cosas que pinté antes de dedicarme en cuerpo y alma a la fotografía.

Con la fotografía me ha pasado tres cuartos de lo mismo, ya no sólo el allegado que te pide por la cara y sin cortarse ni un pelo una fotografía de una exposición, sí, como si esas fotos fuesen las que sacaste con el móvil en tus vacaciones, ¡ay! y pobre de ti que no lo hagas; o los que te piden un fotoreportaje sin coste alguno (así te diviertes un rato te dicen); aquí también te enfrentas a las galerías de arte que te piden una foto como gesto de buena voluntad, o a los cara duras que te piden rebaja como si estuvieran comprando en el mercadillo.

Soy un artista. Esta es la primera de las tres sentencias que reza en el cartel de marras, y tiene toda la razón, disfruto con ello, sin duda, es como el aire que respiro, sencillamente me hace falta crear para sentirme vivo.

Eso no significa que vaya a trabajar gratis, tengo facturas como tu. Una cruda realidad a la que todos nosotros nos enfrentamos día a día. Muchas veces, por el mismo placer que nos produce la actividad creativa que desarrollamos, tendemos a tardar en darnos cuenta de esta realidad, pero se los aseguro, es más que necesario comprender que sencillamente NO PODEMOS TRABAJAR GRATIS, ya no sólamente por el mero tema económico, es un simple hecho de autoestima… ¿cómo pretendes que los demás valoren tu trabajo si tu mismo eres incapaz de hacerlo?.

Gracias por la comprención. Más claro no se puede expresar, la mayoría de la gente no comprende, o no quiere entender la situación del artista, que aunque disfrute de su trabajo, este tiene un alto valor, nuestro trabajo es único y no debe ser tomado a la ligera.